Ahí están, para recordarnos que somos humanos y que siempre corremos el riesgo de cometer un error y caer, para exigirnos humildad y reconocer que lejos estamos de ser perfectos, que somos vulnerables, que sentimos y mientras vivamos estarán ahí.
Pero también están para darnos valor y hacernos saber que por lo que hoy estamos atravesando puede doler más que las heridas del pasado, pero si en esa ocasión el dolor pasó y sanamos, esto también pasará y sanaremos.
Las hay grandes y obvias, las que pueden decir a los otros cuan vulnerables fuimos, o cuan lastimados quedamos. Las hay pequeñas, que podemos disimular o que quedarán para contemplación personal, pero esas huellas ocultas pueden ser las más difíciles de llevar en soledad.
Están las que el tiempo dejó como huella de lo vivido, que se acumulan en nuestras células y nos hacen envejecer, nos acercan al desgaste de la vida pero también a la sabiduría y la madurez.
No se distinguir si sentir una herida abierta es realmente peor que portar un sello duro e insensible, porque por lo menos el dolor nos recuerda que estamos vivos, de lo que estoy seguro es que el no sentir es morir un poco.
La cicatriz es el inevitable resultado de herirse y sanar, pero hay heridas y cicatrices que vale la pena recodar, que son el resultado de una aventura que agradecemos haber vivido, aventuras en soledad, o mejor aún, aventuras con una grata compañía.
Caer en grupo, caer en par, equivocarse en compañía definitivamente es mejor que hacerlo en soledad, compartir el error, compartir el dolor, compartir el sanar y luego compartir la dicha a la que nos lleva el recordar. Es ahí cuando una herida vale la pena, cuando una cicatriz es bien recibida.
Pesa en la moral saber que por un error personal se pone en riesgo a otros, peor es que más allá del riesgo se les lastima, saber que le has guiado a un lugar escarpado y de un obvio peligro, sin estar preparados para afrontar las olas de acontecimientos que golpean y luego arrastran, despojándoles de piel y dejando heridas que sangran. Cuando es el otro quien más ha sido lastimado, la culpa no espera ni acepta justificaciones a la hora de recriminar.
Pero lejos del dolor y la culpa, pese a ser el causante del accidente hay un agudo y enfermizo placer en el ocupar, aún sea por un pequeño momento, el rol de apoyo y protector, de caminar juntos para salir del problema, de aligerar la pena un poco al llevar el peso en hombros, saberse útil y necesitado, del contacto humano obligado por las circunstancias. Compartir un trágico momento en el que sudar, sangrar y esforzarse juntos definitivamente eleva la tragedia a un sublime grado de conexión.

Las cicatrices podrán hacerte perder la sensibilidad, el corazón puede llenarse de ellas y serle más dficil latir, en la mete harán más ficil aprender, expresar lo que se siente, pero aún vivo... aún vivo no podrán evitarle sentir.